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Una anécdota de conducta en la Zarzuela recordando a Carudel.

 

Ningún tiempo pasado fue mejor que el que nos toca vivir; pero hay circunstancias y personas, de ayer y anteayer, que pueden servirnos hoy como referencias de conducta o, cuando menos, de sonriente y sugeridor recuerdo de otros modos éticos y estéticos de entender la vida. El fallecimiento de Claudio Carudel, el mejor de los jockey que han galopado en el Hipódromo de la Zarzuela, me ha traído a la memoria una vivencia que en su día, mediados los sesenta, sirvió para demostrar que, independientemente de los sistemas políticos, es la decencia y el rigor de las personas, el propio entendimiento de su función, lo que promueve y estimula un modelo ético deseable y un claro sentido de la responsabilidad de quienes gobiernan frente a sus gobernados. La nada deseable dictadura y la democracia tienen en común la condición de quienes, designados o electos, ocupan los escalones del poder y, en consecuencia, hay golfos y santos, desaprensivos y gentes de bien, sabios y majaderos en todos los instantes y peripecias de la Historia de España.

 

Era un domingo de primavera y hacía calor. Las cuadras de costumbre -Rosales, Villapadierna, Blasco…- enfrentaban sus colores en las carreras del Hipódromo y Agustín Muñoz Grandes, vicepresidente de un Gobierno en el que formaban Camilo Alonso Vega, Alberto Ullastres, Mariano Navarro Rubio, Gregorio López-Bravo, José Solís y otros notables del Régimen, era uno de los asistentes al acontecimiento. El general que no quiso ser ayudante de Alfonso XIII para seguir luciendo su valor en el Norte de África advirtió, en una época en que el automóvil era todavía un bien escaso, el gran número de coches del entonces llamado PMM -Parque Móvil de los Ministerios- que, con sus correspondientes conductores, habían transportado hasta allí y esperaban, para retornarles a sus domicilios, a un abundante grupo de altos cargos de la Administración. Muñoz Grandes mandó llamar a uno de ellos, un brigada, y le dio instrucciones para que todos los automóviles volvieran a su base. Cuando las carreras tocaron a su fin, fue de ver el espectáculo de los ministros, subsecretarios, notables de toda condición y sus respectivas esposas tratando de que alguien, Cuesta de las Perdices abajo, les retornara a Madrid. Muñoz Grandes lo hizo en su propio coche, un SEAT «600».

 

Son las personas las que marcan el ritmo de la Historia. Bien está, si es necesario, subir el IVA, rebajar las pensiones, suprimir las pagas extraordinarias de los funcionarios y cuantas medidas parezcan necesarias para que cuadren el déficit y la deuda; pero antes, sospecho, Soraya Sáenz de Santamaría -la Muñoz Grandes de Mariano Rajoy- debiera haber mandado al garaje unos cuantos coches oficiales de los 40.000 que ruedan por España. ¿Me explico?

 

Esto lo escribía Martín Ferrand en ABC y a propósito Alfonso Ussía comentó en  La Razón:

Nadie se confunda. No defiendo un régimen autoritario. Sí a muchas personas decentes que lo tuvieron todo al alcance de sus manos y no permitieron que ni una sola peseta se desviara a sus bolsillos. He leído un formidable artículo del no menos formidable Manuel Martín Ferrand, en ABC. Se lo dedica a Claudio Carudel, y nos narra una inolvidable y divertida anécdota de un domingo en el hipódromo. La Yeguada Militar competía con varios de sus caballos, y en el hipódromo se presentó, conduciendo su «Seiscientos», el que era Vicepresidente del Gobierno, el Capitán General Muñoz-Grandes. España salía de su durísima posguerra y la economía temblaba. A Muñoz-Grandes no le gustó la cantidad de coches oficiales con matrículas del PMM presentes en el aparcamiento de socios. Habían acudido al hipódromo llevando a ministros, subsecretarios y altos mandos militares. Llamó a uno de los conductores, el de más rango, un brigada de Infantería, y le ordenó que volvieran a Madrid a sus respectivos garajes. Al término de la reunión hípica, los ministros, subsecretarios y altos jefes militares que habían acudido en sus coches oficiales con sus esposas se las vieron y desearon para conseguir un taxi que los llevara a sus casas. El Capitán General volvió en su flamante «Seiscientos».

 

El palacete de Castellana 3 albergaba la Presidencia del Gobierno. Era el Día de la cuestación en beneficio de la ayuda contra el cáncer. Presidía la mesa petitoria instalada ahí la esposa del entonces Presidente del Gobierno, el Almirante Carrero Blanco. La mujer de Carrero, Carmen Pichot, para agradecer a sus compañeras de mesa la colaboración prestada, encargó en el inmediato restaurante «Jockey», templo sagrado de la gastronomía madrileña, unas bandejas de canapés y unas bebidas. Llegó el Almirante y reconoció, por el inconfundible cuello verde de los camareros de «Jockey», a quien servía los canapés y las bebidas. Y amablemente le preguntó por el motivo de su presencia. «La señora de Carrero Blanco nos ha encargado este servicio». «Pues servicio cancelado», dijo Carrero. Y dirigiéndose al camarero, que era el célebre Torres, por quien supe del sucedido: «Muchas gracias. No tenemos dinero para pagar un restaurante tan caro. Dígale al señor Cortés de mi parte que considero sus canapés como su aportación a la lucha contra el cáncer». Cortés, enterado del asunto, se presentó en la mesa y depositó un generosísimo donativo.

Casualmente y por haberlos conocido desde muchos años atrás en Comillas, soy amigo de Agustín Muñoz-Grandes Galilea, Teniente General e hijo del Capitán General Muñoz-Grandes, y de Luis Carrero Blanco Pichot, Almirante de la Armada. Dos personas excepcionales, militares ejemplares y abiertos al respeto por todas las ideas. Sus padres fueron dos personajes con un poder ilimitado en todos los sentidos. Sus hijos no heredaron de ellos otra cosa que el ejemplo de la honestidad. Tanto uno como otro viven modestamente de sus pensiones de retiro después de cuarenta años de servicio a España en las Fuerzas Armadas. Se podrá discutir el beneficio o el perjuicio que las ideas políticas –para mí, supeditadas a la interpretación militar de su situación– procuraban en aquellos momentos. Pero nadie, ni sus más enconados enemigos, ni sus más resentidos adversarios, pueden poner en duda la decencia y honestidad de aquellos poderosísimos señores que durante decenios, y hasta su muerte, cerraron sus bolsillos al vuelo de una peseta ajena. Tomen nota los de ahora.    

Y José Ramón Miranda comentaba seguidamente en el País:

Vamos, que en la prensa conservadora va a ser necesario tener que añadir a determinados columnistas del incensario y de la decencia más “puntos didot” para tanto elogio. (Para el que no lo sepa, en tipometría el didot equivale a la doceava parte de un cícero). Es la tercera vez en poco tiempo que leo un artículo de Alfonso Ussía en La Razón opinando sobre la decencia al referirse a las Fuerzas Armadas. El pasado 15 de julio, en su artículo “Eso de la decencia”, hacía referencia a dos militares: Agustín Muñoz Grandes y Luis Carrero Blanco. ¡Vaya tela! Al primero de ellos, por haber ido un domingo a ver la Yeguada Militar en el Hipódromo de la Zarzuela conduciendo un“seiscientos” en vez de hacerlo en un vehículo del Parque Móvil Ministerial, recordando una anécdota que Manuel Martín Ferrand había contado días antes en el diario ABC y que había dedicado a Claudio Carudel, el jockey fallecido en Madrid de un tumor cerebral el pasado 8 de julio. Pues bien, el pasado 3 de octubre, Ussía volvía a referirse, también en ese medio, a la decencia de los miembros de las FAS en su artículo “Justicia y decencia”. En esa ocasión pedía disculpas a Dani Pedrosa, al interpretar erróneamente que éste no había querido “pasear” la bandera de España desplegada tras su triunfo en el Gran Premio de Aragón. Y hoy, 11 de octubre, Ussía, en su artículo de La Razón, “¡Qué aburrimiento!”, vuelve a hacer referencia a la decencia del Ejército, y aprovecha, cómo no, para arremeter contra Artur Mas (por haber decidido no acudir mañana a Madrid a la parada militar presidida por el rey); ensalza a los soldados que ayudaron “con riesgo de sus vidas” a sofocar incendios en Cataluña el verano recién terminado; y sigue contando que “de todos esos hombres decentes (los militares), los que alcanzan el más alto rango después de servir sin condiciones a España y a la sociedad durante cuarenta años, pasan a la Reserva con una jubilación de dos mil euros”. Pues hombre, teniendo en cuenta que dos mil euros en estos tiempos no es moco de pavo para un jubilado por muchas estrellas que lleve, y considerando que las FAS no están incluidas en el Régimen General de la Seguridad Social al pertenecer a ISFAS, qué quieren que les diga. Al menos, cuando deciden ir a una residencia de ancianos tienen ayudas importantes de ese Instituto armado, disponen de residencias de verano en determinados puntos de España y, por si fuera poco, cuando almuerzan en determinados comedores de las FAS (yo conozco dos en Madrid) pagan menos de cuatro euros por menú. Menos da una piedra. Pero la cosa no queda ahí. El pasado 9 de octubre, Ussía moderaba un debate en el periódico donde publica sus columnas. Esta invitado al acto el ministro Morenés. Y Ussía, en uso de la palabra, volvió a referirse a la pensión de jubilación de los militares: “Pero aquí –dijo refiriéndose a los militares presentes- hay unos señores que son los servidores de España, que se pasan y entregan toda su vida para servir a España y a los españoles y que al cabo de la culminación de sus carreras, de brillantísimas carreras, pasan a la escala B, y se retiran con un sueldo que se consideraría ridículo de acuerdo a sus merecimientos”. Y para redondear su discurso, Ussía hizo como los toreros de postín, o sea, puso “la pata palante” y ejecutó dos medias verónicas y una revolera: “Por eso, estamos en una sala abarrotada de decencia, y tenemos aquí al ministro de Defensa. Ministro, eres muy afortunado, por tener tanta decencia a tus órdenes”. No vean, me está entrando un rubor… En fin, yo lo que creo es que Ussía tiene “pelusilla” de Carlos Herrera, al que el otro día le impuso una condecoración el ministro del Interior en la Plaza del Pilar (con ocasión de ponerle otra condecoración a la Virgen) por unos merecimientos (los de Herrera, claro) que escapan a mi modesto entender. Pero, hombre, tampoco es cuestión de pasarse el día relacionando a las FAS con la decencia de forma cansina. A los militares españoles, como al resto de los ciudadanos que conformamos el Estado, el valor se le supone y la decencia también. A este paso, veo a Ussía cantando en los tablados flamencos “Mi triguito limpio” con el mismo brío que ponía Pepe Pinto: “¿Maria Manuela, me escuchas? / Yo de vestíos no entiendo / Pero…¿te gusta de veras / ese que te estás poniendo? / Tan fino, tan transparente, / tan escaso y tan “ceñío”/, que a lo mejor por la calle / te vas a morir de frío”. Uff, me voy a comprar el pan, que cierran.

 

Nosotros no opinamos al respecto

      [caption id="attachment_14865" align="aligncenter" width="470" caption="Claudio Carudel"]Claudio Carudel[/caption]  

Gran Premio de Madrid 1986 en el que se ve a Claudio Carudel con CASUALIDAD

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